GUSTAVO OCANDO ALEX: “EL PERIODISTA ES COMO EL HOMBRE DE LA COFA…”

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De esta manera inició el discurso como orador de orden el licenciado Gustavo Ocando Alex durante la celebración del Día Nacional del Periodista, en el acto de entrega del Botón Honor al Mérito Gremial que impone anualmente el CNP seccional Zulia a los comunicadores sociales más destacados de la entidad.

A continuación el discurso completo:

Permítanme iniciar esta disertación con una sentencia…

“El periodista es como el hombre de la cofa…”

Estoy seguro que su reacción ante esta frase fue la misma que tuve cuando la escuché por primera vez en febrero del año 2004. Transcurría el cuarto día de disertaciones de un curso de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano cuando un hombre septuagenario comenzó a hablarnos de deberes, ejemplos de ciudadanía y valores humanos a una veintena de periodistas.

“¿La cofa? ¿Qué es la cofa?”, me pregunté extrañado, mientras movía mi cabeza en señal de aprobación, tratando de ocultar mi ignorancia del concepto que el profesor pretendía inculcarnos.

El docente prosiguió con su ejemplo: la cofa es esa especie de tablado o meseta de madera, ubicada en lo más alto de los palos mayores de las embarcaciones. Su frente mira hacia la proa, pero es más que todo un sitio privilegiado para observarlo todo a derredor. En los combates, además, son un reducto desde donde se hace fuego al enemigo. Su ubicación permite vigilar a los enemigos y observar cuando se ha encontrado Tierra o se ha llegado a destino. La explicación del profesor cobraba más y más sentido…

El ponente era nada más y nada menos que Javier Darío Restrepo, periodista colombiano considerado el maestro de maestros en la ética periodística de Latinoamérica. Hoy, años luego de aquella clase magistral, le entiendo mejor. El periodista es aquel hombre y mujer que sirven de guía. Es un vigía, un centinela que no puede darse el lujo de los descansos.

Sobre él y ella recae el poder de la información. Si se reserva un dato, su barco, entiéndase su sociedad, corre el riesgo de naufragar o de sufrir siniestros y asaltos. Un aviso a tiempo puede en cambio cambiar el destino de los suyos. Cuando es asertivo, el hombre de la cofa eleva su rango al de un miembro útil e interesado en el bien colectivo. Así se convierte en un héroe para los suyos.

Desde ese encuentro con el maestro Javier Darío, no he hallado mejor ilustración del rol del periodista. Debemos ser, a todas luces, el hombre de la cofa.

Quienes tenemos el privilegio de ejercer este apasionante oficio somos profesionales con una inmensa responsabilidad, que halla refugio en nuestra forma de ver, escuchar, investigar, hurgar datos. Somos cazadores cuyas presas informativas simbolizan bienestar y aporte. Estamos llamados a ser quienes iluminamos los rincones más oscuros para hallar lo escondido, lo torcido, pero también lo esperanzador y la solución.

Esta concepción deontológica no nos ubica como seres superiores. Estamos lejos de esa altura extraordinaria. Como reza Tomás Eloy Martínez en su decálogo del buen periodismo: “debemos recordar siempre que el periodismo es, ante todo, un acto de servicio. Es ponerse en el lugar del otro, comprender lo otro. Y, a veces, ser otro”.

El maestro recomienda no escribir una sola palabra de la que no se esté seguro, ni dar una sola información de la que no se tenga plena certeza. Me permito aportar un ejemplo: si el periodista contase con una representación en textos bíblicos, sería sin lugar a dudas Tomás de Aquino.

Si Nuestro Señor Jesucristo se nos apareciera, ¿qué haríamos? No solo pediríamos tocar sus llagas, sino que palparíamos también su manto, le pediríamos conversar unos minutos sobre mil y un temas, olfatearíamos el ambiente para luego narrarlo, verificaríamos luego sus respuestas con al menos tres fuentes distintas. “Disculpa, Señor, pero el oficio me obliga a confirmarte…”.

Es que el periodismo no es un acto de fe… es el ejercicio integral de la verificación de datos, de la observación in situ de los hechos, de rondar por horas entre archivos y contextos, y de al final chequear una y mil veces cada aporte noticioso en textos y reportajes.

Me atrevo, por cierto, a hacer una advertencia en estos tiempos de bondades tecnológicas. A alguno pudiera parecerle una herejía mi desconfianza en Twitter. Me niego a depositar a plenitud mis certidumbres en un mensaje llano, generalmente de procedencias dudosas. Tampoco Google puede ofrecerse como nuestro mejor amigo en estas labores de información. Sí, los datos allí son pistas valiosas, pero solo ganan enteros cuando se tratan de fuentes de información confiable. Siempre es imperativa la verificación posterior y dilatada. No podemos dejar a las fuentes vivas y documentales en el tintero.

Rompamos ya los mitos: los tuiteros no escriben verdades sobre rocas. Esos aires de deidad que rodean a las redes sociales e Internet han crecido en nuestro país debido a la censura y autocensura que abundan en nuestros diarios y canales. Es el resultado de un pueblo ávido de información que se refugia en esquinas escasamente confiables.

Creo que existen dos tipos de periodismo posibles: uno sin imaginación, que se atiene exclusivamente a los hechos; y otro que derrota la censura, encuentra historias, personajes y que abre las puertas a la esperanza, a las soluciones.

Esto es un deber y una necesidad del “nuevo periodista”. Resulta inaudito que en nuestras escuelas de comunicación e incluso en nuestras redacciones no existan debates sobre los magníficos textos de Gay Talese, Tomás Eloy Martínez, Tom Wolfe, Martín Caparrós, Alfredo Salcedo Ramos, Jon Lee Anderson o Leila Guerriero. Es un error no compartir masivamente las investigaciones y crónicas de periodistas locales como César Batiz, Lisseth Boon o Sinar Alvarado. Duele admitir que en general ni reconocemos sus nombres y firmas.

El reto de quienes lideramos la formación de los nuevos periodistas es el de estar a la altura que merecen ellos y sus sociedades. Es momento de un giro copernicano a la vieja forma de ejercer el periodismo. Ya tenemos a mano los elementos fundamentales del periodismo universal: la verdad, la ética, la oportunidad. Y para ello es urgente que venzamos rutinas y soberbias para contar historias y noticias de una manera distinta.

Sobre el periodismo hay una fábula eterna con respecto a los duendes que habitan en nuestras redacciones. Se culpa a personajes de ficción de los errores en nuestras informaciones. Habrase visto semejante desatino. En nuestro gremio hay una condición que, me lamenta admitirlo, es una especie en extinción: la humildad. Nuestros sitios de trabajo se convierten en ocasiones en escenarios de duelos de egos y orgullos que dejan en segundo plano lo realmente importante.

El periodismo no es una patente de corso que nos hace ajenos a las equivocaciones. Hubo una ocasión en particular que siempre comentaré con mente y corazón arrepentidos. Corría el año 2011 cuando en mis ejercicios como jefe de Edición del diario La Verdad obtuve una información exclusiva de la participación de un jefe del grupo terrorista vasco ETA en cargos de Gobierno, específicamente como delegado oficial del Instituto Nacional de Tierras. Teníamos a mano evidencias, documentos probatorios de su actuación como vocero gubernamental. Era un notición.

Era tal el “tubazo” que su luz me encegueció. La fuente, para entonces fidedigna, me aportó datos varios y hasta colocó una cereza sobre el pastel: una fotografía del susodicho el día de la reunión. “Te juro que es él”, me dijo el informante. Exclusiva mundial… escándalo… pero hubo un pequeño desliz: la fotografía no correspondía al etarra, sino a un profesor de la Universidad de Los Andes. Como sospecharán, ese día de la publicación hubo escalofríos en la nuca y el rabo se escondió entre las patas.

Al día siguiente nos tocó hacer un mea culpa de padre y señor nuestro, acotando siempre la veracidad del resto de la información. Aquello fue como tapar los orificios del Titanic con paños de cocina. Fue un verdadero naufragio que me aportó una lección capital y dispuso filtros extras a mis investigaciones futuras.

Hace unas semanas, me satisfizo notar una especie de pie de página en la invitación digital del Colegio Nacional de Periodistas a este acto. Allí, al final, se adjuntaba mi frase favorita sobre este oficio: “Las malas personas no pueden ser buenos periodistas”.

Quienes han compartido conmigo en el oficio saben que les aburriré hasta el cansancio repitiéndoles esta frase del maestro Ryskard Kapuscinski. Pero su versión completa. La invitación no es a ser panas o seres bonachones. La reflexión es un llamado a ser buenas personas para “intentar comprender a los demás, sus intenciones, su fe, sus intereses, sus dificultades, sus tragedias. Y convertirnos, inmediatamente, desde el primer momento en parte de su destino. Es una cualidad que en psicología se llama «empatía»”, explicaba el maestro.

El único modo correcto de hacer nuestro trabajo como periodistas es desaparecer, olvidarnos de nuestra existencia. Sí, somos una especie de doctores que atienden la información incluso a deshoras. Existimos solamente como individuos que existen para los demás, que comparten con ellos sus problemas e intentan resolverlos, o al menos describirlos.

Reivindicando ese periodismo de listón alto, subrayo en nombre de mi familia y de este servidor el agradecimiento con que recibimos la invitación del Colegio Nacional de Periodistas para disertar en nuestro día sobre esta apasionante labor. Estoy profundamente agradecido con Dios, la Virgen Santísima, nuestro gremio y todos los presentes por esta oportunidad.

Felicito además con un abrazo pleno de orgullo a los colegas y amigos distinguidos con el botón al mérito gremial. Los valoro como dignos apóstoles de ese periodismo posible, donde triunfan los más elevados valores humanos y profesionales.

Culmino con una exhortación a los periodistas presentes y futuros de esta noble patria. Coloquémonos al servicio de una Venezuela que hoy arde en llamas. Nuestra nación cruje, llora, se desvanece en una espiral de violencia, inseguridad, escasez, insatisfacción y crisis política sin precedentes. Y estamos nosotros allí no solo para retratar el momento, sino también para ayudar a hallar los extintores. Preocupa que esa tarea haya dejado a periodistas vilipendiados, arrestados y amenazados. Es un sendero de riesgos al que no podemos renunciar por temor. Tenemos la imperiosa obligación de advertir los infiernos de nuestro país, investigar a los responsables y proponer mil soluciones para la reconstrucción.

Debemos ser guías… debemos ser vigías… debemos ser los hombres y mujeres de la cofa…

Muchísimas gracias por su amable atención. Que Dios y la Virgen los bendigan hoy y siempre…